El lunes de la semana pasada, los muros de Torre Tagle fueron mudos testigos de un hecho inusual. El flamante jefe del Gabinete, Pedro Cateriano, convocó en este recinto a un almuerzo de camaradería a todos los ministros de Estado. La dueña de casa, la canciller Ana María Sánchez, flanqueaba a Cateriano, que parecía querer enviar un mensaje al servicio diplomático sobre quién tendría ahora un mayor peso en Torre Tagle.Esta idea se reforzaría con el hecho de que el nombramiento de Sánchez -de trayectoria poco conocida- fue de última hora.A la ahora canciller la llamaron el jueves 2 de abril -unos 120 minutos antes de la juramentación- desde Palacio de Gobierno ante la renuncia irrevocable del embajador Gonzalo Gutiérrez. El diplomático tomó esa decisión cuando se le confirmó que Cateriano era el elegido para reemplazar a Ana Jara.Según fuentes confiables, Gutiérrez y Cateriano no se entendían desde hace tiempo y habían tenido diferencias de opinión en el manejo del tema del espionaje chileno, por lo que Gutiérrez optó por la renuncia. El ex canciller apostaba por un manejo estrictamente diplomático y reservado.