El domingo los peruanos iremos otra vez a las urnas para elegir quién ocupará el sillón presidencial los próximos cinco años. Una vez más se trata de una segunda vuelta con candidatos de muy opuesto sino. Sin embargo, lo que los electores decidiremos ese día va más allá de la simple contraposición de opciones políticas o ideológicas. Por un lado, tenemos una opción que busca recoger el legado de un presidente al que no todos los peruanos aprecian -seguramente muchos tienen buenas razones- pero, por otro, se presenta un triunvirato político que simplemente representa lo más opuesto que existe a la democracia, a la modernidad, a la paz y al progreso. Porque no otra cosa es el nacionalismo violentista de Antauro Humala y el extremismo senderista del Fenatep-Movadef, que han aupado la candidatura del izquierdista Roberto Sánchez. Una opción de gobierno que solo traerá destrucción y pobreza al Perú. Mucho de lo cual los ciudadanos de mayor edad ya experimentamos a fines del siglo XX, durante las infaustas décadas del terrorismo y las políticas populistas expropiadoras que desencadenaron una hiperinflación sin precedentes en nuestra historia. Votar en contra de esta opción terminal no significa, a estas alturas, simpatizar con la candidata de Fuerza Popular, a quien en democracia se le podrá cuestionar cualquier política, medida o maniobra impropia. Pero en una democracia baldada, sin civilidad ni estabilidad económica y con los aparatos del Estado copado por grupos extremistas, ningún cuestionamiento al poder será posible. No hay que engañarse: esa es la disyuntiva que estará en juego el domingo. Es de la demagogia, y el caos que genera, de lo que el país debe defenderse a través del voto de sus ciudadanos. (Edición sábado).