Por Felipe Morris. Han transcurrido más de tres meses desde el cierre efectivo del estrecho de Ormuz, una situación que muchos analistas consideraron inicialmente el preludio de una crisis energética comparable a las de los años setenta. Los pronósticos más alarmistas anticipaban precios de hasta 200 dólares por barril, lo que no ha ocurrido. Tras un salto inicial que llevó al Brent a superar los 140 dólares por barril, los precios retrocedieron ubicándose por debajo de los 100 dólares. A primera vista, esto parecería demostrar una notable resiliencia del mercado petrolero global, pero realmente se explica por una conjunción de factores. En primer lugar, la producción estadounidense ha alcanzado niveles récord gracias al desarrollo del shale oil, compensando parcialmente la pérdida de suministros provenientes del Golfo Pérsico (permitiéndole, además, aumentar sus exportaciones). En segundo lugar, la demanda china ha resultado mucho más débil de lo previsto debido a la desaceleración de su economía, la crisis inmobiliaria y la expansión de los vehículos eléctricos. En tercer lugar, pese al conflicto, algunos volúmenes de petróleo han seguido llegando al mercado mediante rutas y mecanismos alternativos. Finalmente, numerosos países han recurrido a sus reservas estratégicas para amortiguar el impacto inicial. Pero ninguna de estas soluciones es permanente. Los inventarios globales están disminuyendo rápidamente. Algunos analistas estiman que el sistema está absorbiendo entre 70 y 80 millones de barriles semanales de sus reservas acumuladas. Los inventarios comerciales de Estados Unidos han caído a mínimos de más de dos décadas y las reservas estratégicas, por definición, son un recurso finito. Cada barril utilizado hoy es un barril menos disponible para enfrentar futuras interrupciones. Al mismo tiempo, las exportaciones estadounidenses enfrentan límites físicos y logísticos, mientras que la debilidad de la demanda china podría revertirse si su economía recupera dinamismo. En otras palabras, los factores que han permitido contener la crisis no son eternos. La consecuencia es que el mercado se vuelve progresivamente más vulnerable. Durante los primeros meses del conflicto, estos amortiguadores permitieron absorber el golpe. Sin embargo, conforme esos colchones desaparezcan, se podrían generar aumentos significativos de precios.