Por Iván Arenas, especialista en minería e hidrocarburos. Doce de abril. Día de la primera vuelta electoral. Observen estos resultados, números que merecen explicaciones desde la sociología electoral. Juntos por el Perú gana en casi todas las provincias allí donde se desarrollan operaciones mineras formales y legales (gana también en las zonas informales e ilegales). Miren a estas tres provincias: Cotabambas (Apurímac), Huari (Áncash) y Chumbivilcas (Cusco). Juntos por el Perú gana con 49,3%, 28% y 45,7%, respectivamente. Son solo tres ejemplos. El 7 de junio pasado, día del balotaje, se vuelve a repetir el triunfo de Sánchez en estas provincias 'mineras': Cotabambas con 88,5%; Huari con 72,1% y Chumbivilcas con 94%. Necesitamos una explicación. Una primera lectura de los resultados anteriores corroboraría las tesis de los marxistas: “La minería de los empresarios ricos [sobre todo la minería moderna y formal] no ha logrado la promesa del desarrollo en las áreas de influencia y, por ende, los ciudadanos pobres han votado contra una industria primaria exportadora que solo produce piedras”. Algunos socios del excandidato Roberto Sánchez, aún más temerarios, sostienen que la minería moderna “se lleva las riquezas y deja miseria”. Todo lo anterior es –más o menos– el relato simplista e ideológico del marxismo pero –seamos honestos– no resuelve con seriedad la pregunta: ¿porqué Sánchez -antes Castillo- gana con amplitud en las principales zonas donde se desarrolla la minería moderna y formal?