Por Luciano Macías, gerente general de Terpel en el Perú. El mercado global de energía vive en una constante cuerda floja, y el Perú no es una isla. En los últimos meses, los consumidores y las industrias locales han sentido el impacto directo de un panorama internacional convulsionado. Si bien las portadas suelen enfocarse en el precio diario del barril de crudo, la verdadera presión para el sector empresarial e industrial corre por canales más profundos, invisibles y persistentes. A nivel global, la tensión geopolítica en Medio Oriente de los últimos meses ha encarecido el petróleo y tensionado las cadenas de suministro energético a nivel mundial. Si bien el anuncio de un entendimiento y acuerdo entre EE.UU. e Irán abre la posibilidad de reactivar gradualmente el tránsito por el estrecho de Ormuz, una de las rutas más sensibles para el comercio global de crudo y gas, la normalización no será inmediata. La cautela sigue siendo la postura correcta: los mercados ya absorbieron el impacto de meses de restricción y, mientras los acuerdos aún dependan de ratificación, condiciones de seguridad y cumplimiento efectivo, la prudencia vale más que el optimismo anticipado. A esto se suman nuestras propias tareas pendientes. La vulnerabilidad local se agrava cuando factores externos convergen con restricciones domésticas de GNV y GLP, o con los recurrentes oleajes anómalos que limitan nuestra capacidad de recibir combustible importado. La volatilidad no es una crisis pasajera; es el nuevo entorno operativo.