Por José Martínez Sanguinetti, fundador de Sothys Capital. La pandemia y la guerra en Ucrania iniciaron una nueva era. Las cadenas de suministro probaron ser frágiles y difíciles de reemplazar. El nuevo orden sepultó la “globalización para minimizar costos”, sustituyéndola por la "seguridad física": las potencias aseguran hoy su abastecimiento integrándose con aliados y socios comerciales. Esta transición es acelerada por la inteligencia artificial y la robótica. Ante el envejecimiento poblacional, estas tecnologías son vitales para sostener el crecimiento, exigiendo ingentes cantidades de metales y energía. A su vez, el cambio climático obliga a modernizar la infraestructura hacia la generación limpia. Por ello, potencias como los EE.UU., China, Canadá, Australia y la Unión Europea centran hoy sus estrategias en el aprovisionamiento de “materiales críticos”. En esta reconfiguración, el Perú emerge como un actor privilegiado, pero no indispensable. Somos privilegiados porque lideramos la exportación de cobre, oro y plata, y nuestro subsuelo alberga un portafolio inexplotado de molibdeno, manganeso, tierras raras, litio y uranio. Según el Minem y el Instituto de Ingenieros de Minas, el valor in situ de nuestras reservas y recursos minerales asciende a 2.5 billones de dólares (millones de millones). De esta cifra, 1.5 billones son cobre; 600 mil millones oro y plata; y 400 mil millones metales estratégicos. Este potencial inmovilizado quintuplica el valor de los recursos actualmente en explotación y equivale a 25 veces nuestras Reservas Internacionales Netas (RIN). Lejos de debatir el uso de las reservas del BCR, la política económica debe orientarse a explotar este inmenso potencial dormido.