Por Roque Benavides, presidente del directorio de Compañía de Minas Buenaventura. En Argentina suelen decir que Dios está en todas partes, pero atiende en Buenos Aires. En el Perú decimos que Dios es peruano, pero sus oficinas están en Lima. Detrás de esta expresión se esconde el centralismo, una tarea pendiente que debemos afrontar. La semana pasada, en el Congreso Mundial de Minería, presentamos un caso de estudio sobre la creación de valor de largo plazo de Buenaventura y su contribución al desarrollo del Perú. Más allá del análisis académico, durante la conversación surgió nuevamente una preocupación que las últimas elecciones han hecho evidente: la descentralización es uno de los grandes desafíos del país. El modelo actual de gobiernos regionales merece una evaluación objetiva. La descentralización ha permitido transferir recursos y competencias, pero los resultados siguen siendo desiguales. El Perú debe debatir seriamente la conformación de cinco o seis macrorregiones que sustituyan el esquema vigente, con el fin de aprovechar mejor los recursos y lograr una descentralización más eficiente. La minería es un ejemplo de que sí es posible impulsar la integración nacional, pues justifica la construcción de infraestructura, la generación de empleo y la dinamización de las economías locales en zonas donde otras industrias no llegan. En Buenaventura, hemos vivido esa experiencia durante más de siete décadas, trabajando junto a comunidades y autoridades en ocho regiones del país. Don Alberto Benavides de la Quintana, mi padre, fundador de Buenaventura, lo expresó hace muchos años con claridad: “No podemos vivir de espaldas a la sierra ni a las zonas rurales de nuestro país”. Añadía que “la minería permite integrarnos, justifica la construcción de carreteras, electrificación, creación de colegios y acceso a la educación”. Esa visión continúa vigente.