Por Fernando Cáceres, director ejecutivo de Síntesis Instituto. No hubo fraude, pero el gobierno de Fujimori "no será legítimo". Así lo resumió Ruth Luque, senadora electa por Ahora Nación, para quien la ilegitimidad vendría de que Fujimori no ganó en la mayoría de regiones, y de que "muchas reglas electorales" se cambiaron. Roberto Sánchez también reconoció la derrota sin aceptar su legitimidad: "de manera irregular, nos han vencido", declaró. Fujimori jurará el cargo el 28 de julio, en su cuarto intento y como la primera mujer elegida por voto popular. Hay dos tipos de legitimidad (Bobbio, 1967): la de origen, que depende de un procedimiento reconocido como válido -elecciones libres, sucesión constitucional-; y la de ejercicio, que depende de cómo se gobierna en el cargo. Un presidente elegido en un proceso limpio y abierto tiene legitimidad de origen; lo contrario ocurre con uno instalado por golpe de Estado o fraude, incluso si después la mayoría aprueba su gestión. Keiko tiene legitimidad de origen: ganó una elección limpia, avalada por observadores internacionales. El argumento de que no la tendría por no haber ganado en la mayoría de regiones no solo discrimina a los peruanos que votaron por ella, sino que desconoce un pilar básico de la democracia: las elecciones las gana quien suma más votos ciudadanos, sin importar dónde estén. Y la idea de que se cambiaron las reglas de juego es falsa: lo que se ajustó fueron procedimientos logísticos. Por eso es poco probable que este argumento se convierta en una narrativa creíble para la mayoría de peruanos, porque los relatos solo existen en la medida en que varios los creemos y nos los contamos entre nosotros (Harari, 2024).