Un grupo de parlamentarios de Juntos por el Perú (JP) y Ahora Nación (AN) protagonizó dos días atrás un espectáculo bochornoso durante la presentación de la nueva presidenta de la República, Keiko Fujimori, en el Congreso. Antes de que ella tomara la palabra y después de haber participado de un griterío que quería ser un reclamo por problemas originados durante administraciones anteriores, abandonaron el hemiciclo con ánimo de desplante. El nivel superficial del mensaje que transmitían con esa actitud era claro: no nos interesa lo que la mandataria tenga que decir mientras no haga lo que a nosotros nos parece importante. Pero, en realidad, el gesto decía mucho más. Decía también que no habían logrado pasar el trago amargo de la derrota en las ánforas a manos de quien habían demonizado durante tres lustros. Y, sobre todo, que su pretendido purismo democrático es una farsa. Esto es, una especie de beatería sin sustento real en el comportamiento que debería acompañarla, pues no se puede ser auténticamente democrático si no se está dispuesto a siquiera escuchar lo que tiene que decir la otra parte en la dinámica de mayorías y minorías que el sistema que se pretende conservar impoluto supone. Se trata, por lo demás, de la extensión de una tergiversación de los principios de la institucionalidad democrática que esos sectores vienen intentando desde que se conocieron los resultados electorales.