El Congreso que culminó sus funciones el 28 de julio no solo se marchó dejando una pesada factura al país, sino que también heredó al nuevo Parlamento una maquinaria de gasto lista para seguir creciendo. Mientras hospitales, colegios, comisarías y otras obras públicas sobreviven entre carencias, el Legislativo anterior engordó planillas, multiplicó bonos y consolidó beneficios que ahora deberán continuar financiándose con dinero de todos los peruanos. El cambio de congresistas no borró esos compromisos ni cerró la billetera parlamentaria. Por el contrario, el nuevo Congreso bicameral amenaza con recorrer el mismo camino y a mayor velocidad. Las remuneraciones, convenios y privilegios heredados seguirán pesando sobre el presupuesto, pero ahora deberán sostenerse dos cámaras, más despachos, más asesores, más personal de confianza y una estructura administrativa todavía más costosa.