Por Diego Macera, director del Instituto Peruano de Economía (IPE). El nuevo gobierno no ha sido tacaño en sus metas económicas. El titular del Ministerio de Economía y Finanzas (MEF), Elmer Cuba, mencionó la semana pasada que –hacia los últimos años de su gestión– espera lograr un 6% de crecimiento del PBI (para este año se espera 3,4%), 15% de tasa de pobreza (la del año pasado fue 25,7%), y 50% de informalidad (de cerca de 70% hoy según data oficial del INEI). Los números son ambiciosos, pero no imposibles. Sin los efectos del fenómeno de El Niño (FEN), este año el PBI podría haber crecido 4,5%. Más importante aún, hay motivos sólidos para pensar que lo que viene podría ser mejor. En primer lugar, las expectativas empresariales –medidas por última vez por el BCR hace tres semanas– están en general cerca de su máximo histórico. En segundo lugar, es muy probable que los precios de los minerales que exportamos permanezcan altos al menos por un puñado de años más. Y, en tercer lugar, la inversión privada, que es el puntapié inicial del ciclo inversión-empleo-consumo-inversión, habría crecido ya 15% en la primera mitad del año. Como referencia, su promedio de crecimiento en la década del 2015 al 2025 fue apenas 2,4%. Con una inversión privada vigorosa, las cifras de PBI, pobreza y empleo por las que apuesta el gobierno son muy ambiciosas pero alcanzables. Respecto del último punto –llegar al 50% de empleo formal–, conviene quizá hacer algunos matices y una proyección más detallada de qué se requiere para llegar ahí. Lo primero es notar que –dada la evidencia internacional que relaciona un mayor PBI per cápita en cualquier país con mayor formalidad laboral– un observador externo que solo conoce la riqueza promedio por habitante del Perú especularía que la tasa de formalidad laboral que nos corresponde es cercana a 50%. Y estaría equivocado. Es decir, comparado con países similares, el Perú es muy informal para su nivel de riqueza. Eso debería hacer más rápida su corrección. (Edición domingo).