Por Anthony Laub. No ha pasado ni un mes desde el inicio del gobierno y la izquierda ya parece haber entendido algo que las fuerzas de centro y derecha harían bien en comprender: la política no espera. Lo que está en disputa no es solo la suerte política de un gobierno, sino la capacidad del país para ordenar sus prioridades después de una elección marcada por la polarización. La interpelación al ministro de Defensa es un mensaje claro: “No te vamos a dejar gobernar; vamos a someterte a control político desde el primer día, vamos a buscar cualquier debilidad y sobre ella construir una mayoría opositora”. La oposición tiene el derecho y el deber de fiscalizar. El problema aparece cuando la fiscalización se convierte en una estrategia destinada a impedir que el gobierno gobierne. Ahí está, precisamente, el juego que empieza a configurarse. La izquierda no necesita derrotar a Keiko Fujimori ahora. Le basta con hacer que cada decisión sea difícil, que cada ministro tenga que defenderse, que cada problema social se transforme en una crisis política y que cada error sea utilizado para construir un relato de fracaso. Pataz, seguridad, minería ilegal, conflictos de interés, facultades legislativas, comisiones parlamentarias. Cada asunto puede convertirse en una pieza de un mismo tablero. Frente a ello, las fuerzas de centro y derecha deberían evitar un error histórico y repetitivo: fragmentarse mientras el adversario se organiza. El gobierno no necesita un cheque en blanco, necesita viabilidad política. Y eso exige que quienes creen en la democracia, el mercado, la inversión privada, la seguridad jurídica y el orden institucional entiendan que hay momentos en los que las diferencias pasan a segundo plano.