PASIVOS AMBIENTALES MINEROS: CUANDO HACER LAS COSAS BIEN SE VUELVE UN CALVARIO
30 de agosto de 2026

Por Raúl Benavides Ganoza, director de la Compañía de Minas Buenaventura. El Perú arrastra desde hace décadas miles de pasivos ambientales mineros: antiguas instalaciones, relaves, bocaminas y otros restos de operaciones que pueden representar un riesgo para las personas y el medio ambiente. Resolver este problema debería ser una prioridad. Sin embargo, para una empresa formal que decide hacerse cargo de un pasivo y rehabilitarlo, el camino puede convertirse en un verdadero calvario. Las normas existen desde hace más de veinte años. La primera ley sobre la materia se aprobó en el 2004 y desde entonces ha sido modificada y reglamentada varias veces. En setiembre del 2024, se aprobó una nueva ley y, recientemente, el Ministerio de Energía y Minas (Minem) publicó un proyecto para modificar su reglamento. Hay que reconocer que la nueva legislación recoge aportes positivos y abre posibilidades interesantes. El problema aparece cuando pasamos del papel a la realidad. ¿Hay que destruirlo todo? Uno de los principales problemas es la rigidez con la que se aplican las normas. En muchos casos se exige eliminar toda la infraestructura existente y devolver el terreno prácticamente a su condición original, sin preguntarse si parte de ella podría tener algún valor histórico, social o económico. Un buen ejemplo es la histórica mina Santa Bárbara, en Huancavelica. Se trata de una antigua mina de mercurio de enorme importancia durante la Colonia, vinculada al desarrollo minero de Potosí y Cerro de Pasco. ¿Tiene sentido demoler una infraestructura con semejante valor histórico cuando las propias comunidades quieren conservarla como monumento y atractivo turístico? La nueva legislación ofrece una oportunidad para cambiar esta manera de pensar. No todos los pasivos tienen que terminar necesariamente bajo una pala y una excavadora. (Edición domingo).