El Perú ha tenido, en promedio, un nuevo presidente de la República cada año y medio por los últimos diez años. Pero quedarse solo en ese atractivo titular noticioso es perderse la mitad de la noticia. Más allá de la corroída imagen de predictibilidad del máximo representante de la nación, el motivo por el que realmente importa la estabilidad de quien ocupe el máximo cargo del Ejecutivo es porque buena parte del resto del aparato público depende de Palacio de Gobierno. Sin estabilidad en la cima, no hay política pública que aguante. Un ejemplo de lo anterior es Sedapal. Según publicó ayer en las páginas de El Comercio el Instituto Peruano de Economía (IPE), desde el 2021 la entidad proveedora de agua y alcantarillado tuvo ocho presidentes ejecutivos y 12 gerentes generales, cuatro veces más que entre el 2006 y el 2011. La rotación de cabezas en empresas públicas, por supuesto, no es nueva (Petro-Perú acumula, en promedio, cuatro presidentes de directorio por año desde hace cinco años), pero el caso de Sedapal es paradigmático por el impacto directo que tiene sobre la calidad de vida de millones de ciudadanos.