Por Eduardo Roncagliolo Faya, profesor de Estrategia y Gobierno Corporativo del PAD - Universidad de Piura. En julio del presente año el costo marginal de la electricidad subió de 36 a 285 dólares por megavatio-hora en solo unos días. Ocho veces más. ¿La causa? El sistema necesitó prender las centrales de diésel: la fuente más cara y sucia. Esto no se sintió en la tarifa del usuario, pero quienes estamos en el sector desde hace algunos años sabemos que es una señal inquietante: el sistema eléctrico peruano está operando al límite. Lo que hoy parece un episodio aislado se convertirá en la nueva normalidad. En el 2004 el Perú tomó una decisión importante y de largo plazo: producir energía eléctrica con el gas de Camisea. La reforma del 2008, con la Ley 28832 atrajo inversión en centrales térmicas eficientes. El resultado fue que durante veinte años contamos con energía competitiva dentro de la región, y sobre esa ventaja tácita se construyó buena parte del crecimiento del país. El problema es que llevamos veinte años viviendo de las rentas de aquella decisión. Un país, similar a una empresa, no puede continuar el éxito basándose en una estrategia que ya cumplió su ciclo. Según los informes del COES, la reserva de generación eficiente a gas se está terminando en los ciclos de estiaje, a pesar de la entrada creciente de energía solar y eólica desde el 2021. Es claro que la energía renovable no convencional es valiosa y necesaria, pero también es variable e inestable por su naturaleza. El lunes 20 de julio, la generación eólica de todo el país disminuyó a 80 megavatios a media mañana; semejante, a que una fábrica tenga la mitad de sus máquinas cuando llega un pedido muy grande. Sin respaldo firme (hidroeléctrico, térmico o almacenamiento) cada hora sin sol y sin viento se cubrirá consumiendo diésel. Sin considerar que El Niño previsto para el 2027, puede generar mayor estrés al sistema.